• El seminario acoge la celebración de San Juan de Ávila con un reconocimiento a tres curas que cumplen 50 años ordenados y a otro que alcanza sus bodas de plata


Cincuenta años después de ordenarse sacerdote, D. Máximo Álvarez sigue hablando del futuro: “No es una meta, sino un punto de partida para seguir adelante”, resume este lunes en el seminario de Astorga durante el homenaje a los sacerdotes que celebran sus bodas de oro y plata coincidiendo con la festividad de San Juan de Ávila, patrón del clero español.

La diócesis reúne durante la mañana a decenas de sacerdotes en una jornada marcada por la convivencia y el reconocimiento a quienes acumulan décadas de servicio en parroquias, colegios, seminarios y proyectos sociales de la provincia.

Este año reciben el homenaje por sus bodas de oro D. Máximo Álvarez, D. Santiago Cadierno y D. José Antonio Prada, mientras que D. Samuel Prieto celebra sus bodas de plata sacerdotales.

La celebración cuenta además con la presencia de Aurelio García Macías, encargado de pronunciar una conferencia centrada en el papel del sacerdote al frente de las celebraciones litúrgicas: “El sacerdote está llamado a servir, no a ocupar un privilegio”, explica antes de la charla. García Macías insiste en que presidir la liturgia “no es una función”, sino “una vocación” ligada al servicio y al acompañamiento del pueblo. Ha finalizado con una clave para los sacerdotes homenajeados: El que representa a Jesucristo tiene que vivir y actuar como él”.

Pero la parte más emocional de la mañana llega en las conversaciones con los homenajeados. Máximo Álvarez reconoce que medio siglo “se pasa sin sentir el tiempo” y asegura que, pese a las dificultades, volvería a recorrer el mismo camino. “He tratado de enseñar, pero he aprendido mucho más de la gente”, resume tras recordar funerales, bautizos, niños, ancianos y décadas de contacto directo con la vida cotidiana de los pueblos.

También Santiago Cadierno recuerda los años de formación en el seminario como una etapa “muy dura”, marcada por la disciplina y el estudio constante: “No quería ser sacerdote al principio”, admite entre sonrisas, antes de agradecer haber llegado hasta aquí después de varias enfermedades y del COVID. “Somos fruto del amor de Dios, aunque seamos débiles”, afirma.

José Antonio Prada pone el foco en todos los destinos que han marcado su trayectoria, desde La Cabrera hasta Ponferrada o Cáritas: “Algunas veces nos hemos equivocado y hay que pedir perdón, pero también queda mucho bien hecho”, señala.

Más breve pero igual de directo se muestra Samuel Prieto al hablar de sus 25 años de sacerdocio: “Lo más valioso de la Iglesia es la gente sencilla”, explica tras recordar que el verdadero aprendizaje llega en el trato diario con las parroquias y las personas.

La jornada concluye con una comida compartida entre los asistentes después de la misa celebrada en la capilla del seminario y la conferencia impartida durante la mañana.