La misma plaza, la misma ciudad. Con apenas unas semanas de diferencia. Y, sin embargo, parecen dos ciudades distintas. En una, la Plaza Mayor apenas puede contener a tanta gente. Astorga salió a la calle para mostrar su apoyo a Ceuta, para solidarizarse con una realidad que ocurría a cientos de kilómetros de nuestras casas. Y estuvo bien. Muy bien.

Porque una sociedad que es capaz de conmoverse por lo que les sucede a otros, aunque estén lejos, sigue
siendo una sociedad viva.

Pero luego está la segunda fotografía. Este mismo sábado. De nuevo nuestra Plaza Mayor. De nuevo los astorganos. Esta vez para hablar de algo mucho más cercano. De nuestro territorio. De nuestro paisaje. De nuestro entorno. De aquello que va a condicionar el futuro de esta tierra.

Y entonces surge una pregunta incómoda. ¿Por qué somos capaces de llenar nuestra plaza por lo que sucede lejos y no somos capaces de llenarla cuando lo que está en juego nos afecta personalmente?

No escribo esto para señalar a nadie. Ni para decirle a nadie dónde tenía que estar esta mañana. Lo escribo porque quizá estas dos fotografías merezcan algo más que un vistazo rápido en una pantalla. Merecen que nos detengamos.

Porque las ciudades no son solamente sus calles, sus monumentos o sus edificios. Una ciudad es, sobre todo, la gente que decide cuidarla. Heredamos Astorga de quienes estuvieron antes que nosotros. Sus piedras, sus plazas, sus paisajes, sus aciertos y también sus errores. Y llegará un día en que nosotros tendremos que entregársela a quienes vengan después.

¿Qué Astorga les dejamos?

Quizá nos hemos acostumbrado demasiado a pensar que las decisiones importantes siempre las tomarán otros. Que alguien estudiará los proyectos. Que alguien vigilará. Que alguien preguntará. Que alguien defenderá aquello que merece ser defendido. Siempre alguien ajeno.

Pero una ciudad comienza a perder algo mucho antes de perder habitantes, negocios u oportunidades. Comienza a perderlo cuando sus ciudadanos dejan de sentir que su futuro también les pertenece. Por eso estas dos fotografías no deberían servir para enfrentar a nadie. Deberían servirnos como espejo. Un espejo en el que mirarnos y preguntarnos qué cosas consiguen levantarnos del sofá, qué causas sentimos como nuestras y cuánto valor damos realmente al lugar en el que vivimos.

Tal vez dentro de veinte o treinta años nadie recuerde quién convocó aquella manifestación, qué siglas gobernaban entonces ni quién ocupaba cada silla del Ayuntamiento. Pero nuestros hijos sí vivirán en la ciudad que nuestras decisiones, nuestras acciones y también nuestros silencios hayan ayudado a construir.

Si somos capaces de movilizarnos por quienes están lejos, qué hermoso sería descubrir que también somos capaces de hacerlo por quienes todavía no están. Por los que vendrán. Por los que heredarán nuestras calles. Por los que algún día recibirán de nuestras manos esta magnífica ciudad que hemos heredado.

Astorga también necesita que la queramos cuando todavía estamos a tiempo de decidir cómo queremos que sea su futuro.

José Luis de la Iglesia López, concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Astorga