Aquí hubo gente que cruzó España entera con recuas de mulas llevando pescado desde Galicia y volviendo con grano, durante siglos, cuando no había carreteras. Aquí hubo mujeres que cardaron e hilaron lana durante generaciones, y batanes que golpeaban el paño movidos por el agua, y telares que todavía se conservan y todavía se enseñan. Aquí hay muros de tapial levantados a mano, corredores de madera, hornos comunales, fuentes con nombre propio y caminos que llevan andados dos mil años.

Al fondo está el Teleno, que ordena el horizonte y que ya era sagrado cuando llegaron los romanos. Abajo, Astorga, que fue Asturica Augusta antes de ser sede episcopal y que guarda murallas romanas y una catedral y un palacio de Gaudí. Y por en medio pasa el Camino, y con él pasa cada año gente de medio mundo que viene despacio y a pie, que es la única manera de ver bien un sitio.

Nada de esto lo hicimos nosotros. Lo recibimos. Y lo que se recibe se cuida.

Conviene ser honesto, porque si no lo somos no merecemos que se nos lea. No estamos en contra del biometano. Hace falta energía y hace falta resolver el problema de los purines, que es real y que nadie ha resuelto. Quien firma esto no cree que los problemas se arreglen mandándolos al pueblo de al lado.

Tampoco decimos que esto vaya a envenenar a nadie. No lo sabemos. Y ahí está exactamente el asunto: no lo sabe nadie, porque no se ha mirado. Los papeles del proyecto no han contado todo lo que huele, no han dicho dónde acaban los residuos que salen, no han sumado las cuatro plantas que se juntan aquí, y el cálculo que presentan para demostrar que esto es bueno para el clima es el cálculo de otra planta, en otra provincia.

Un pueblo se recuerda por su olor. El de aquí es a lana mojada, a leña, a tomillo cuando aprieta el sol, a humedad de piedra en las mañanas de invierno. No queremos averiguar a qué huele un pueblo cuando al lado se procesan seiscientas cuarenta toneladas diarias de estiércol. No queremos tener que averiguarlo, que es distinto de afirmar que ocurrirá.

Tememos por el agua, que aquí siempre fue poca y siempre se cuidó, y que una vez que se estropea, tarda décadas en volver.

Tememos por el silencio, que es un patrimonio del que nadie habla hasta que se pierde, y por el cielo de noche, que todavía se ve.

Tememos por el Camino, porque quien viene andando desde Francia no viene a ver una zona industrial, y porque la credibilidad de un paisaje se construye en siglos y se pierde en una temporada.

Y tememos por algo más difícil de explicar. Estos pueblos llevan cuarenta años perdiendo gente. Los que quedan sostienen esto con mucho esfuerzo: abren el museo, mantienen el telar, cuidan la ermita, organizan la fiesta, arreglan el camino. Esa gente necesita razones para quedarse. Y una comarca que se convierte en el sitio donde va lo que nadie quiere cerca, deja de dar razones para quedarse. Primero se vacía de sentido. Luego se vacía de gente.

Los territorios con poca población y mucha memoria acumulan, con frecuencia, decisiones que se toman en otra parte. Cada una se justifica por separado y todas juntas cambian un paisaje sin que nadie lo haya decidido nunca.

Nuestros abuelos miraban el cielo antes de segar. No por superstición, sino porque sabían que hay decisiones que no admiten enmienda y que conviene mirar bien antes de tomarlas.

Un edificio se derriba. Una carretera se levanta. Un olor se va, con el tiempo. Pero un acuífero estropeado, un paisaje roto, un pueblo que dejó de tener sentido para los que podían quedarse: eso no se repone.

No pedimos un trato de favor para esta comarca. Pedimos la misma atención que se pondría en cualquier otro sitio antes de decidir algo así. Que se evalúe lo que se va a autorizar, que se cuente lo que se va a emitir, que se diga adónde van los residuos y que se pregunte a quien vive al lado.

Pedimos que se nos pregunte, porque vivimos aquí, porque esto lo hemos heredado y porque alguien nos lo va a pedir a nosotros el día de mañana.

Fdo.: Amor Couso